Comenzó hace muchos años jugando a dominar, pero pronto se dió cuenta que perder el control de su cuerpo era lo que realmente le satisfacía y sus entretenimientos fueron cada vez más extremos: látigos, apostar todo o nada en la ruleta, BDSM, pinzas de corriente apretando sus pezones, Black Jack, mordazas, asfixia… En una vida vacía, el sexo y apostar en el juego era una mera vía de obtención de placer.

Atada de manos se rendía a las lenguas que acariciaban su cuerpo y obediente succionaba todo lo que entraba en su boca. Disfrutaba dejándose tocar, el antifaz de terciopelo le privaba de la vista y le regalaba sensaciones más intensas, lo mejor era el final, una mano apretaba su cuello justo en el  instante en el que perdía la noción de la realidad, solo cinco segundos de intenso orgasmo no eran suficientes, y ese  peligroso juego,  prolongaba unos instantes su gozo.

Había sido una noche perfecta,  ganó en el casino más dinero del que podía llegar a gastar -a pesar de sus excesos –  y para celebrarlo invitó a sus compañeros de juego a casa. No faltaron drogas, buena música y alcohol, la orgía duró hasta la madrugada. Ahora solo estaban ella y su oquedad. La esencia de las velas a medio consumir se mezclaba con el olor de los fluidos del sexo. Allí mirando las sabanas mojadas testimonio de la lujuria, asumió que su vida ya no tenía sentido,  ya no quedaba nada más por hacer con ese cuerpo exquisito del que tanta gente se deleitó, si había algo más allá debía sentirlo porque aquí no existía nada inexplorado, se apoderó de su mente el deseo de estar eternamente en asfixia, le pudo la codicia de satisfacción. Enfundada en un mono de látex, se metió una última raya, subió la música  y a modo de nota suicida programó la repetición indefinida de la canción “Just a Little bit harder”

Las anillas que pendían del techo se le antojaron más frías de lo normal, experta en el arte del bondage, ató la cinta de seda negra con un perfecto nudo constrictor de corbata. Retocó sus labios con carmín mientras escuchaba  “si esto es un sueño no quiero que nadie me despierte, voy a intentarlo un poco más fuerte” en la voz de Janis Joplin. Se puso una bola mordaza que apretó con fuerza, su pálida cara contrastaba con el liso y negro pelo, se colocó el arnés vibrador de doble penetración y ajustó una a una las hebillas de las correas de cuero.  Activó el botón, y el aparato comenzó acariciando su clítoris suavemente, subió la potencia, y se apretó fuerte los turgentes pechos, estaba cerca, a punto de llegar, pero una parte de su ser se resistía, el miedo la excitó mas, era algo que no había experimentado hace años, pero ahora era diferente, lo deseaba, quería morir.

Cuando el orgasmo se apoderó de sus piernas perdió el control de sus músculos y cayó con un estrepitoso golpe al vacío, la cinta alrededor de su cuello hizo el resto, por unos segundos pudo sentirlo, ya no había distancia entre el placer y el dolor, con el vientre caliente y los ojos en blanco intentó dar una última bocanada de aire para disfrutar más de esa punzada asfixiante que se clavó en el pecho. Bajo sus pies fríos quedó la bolsa de dinero, testigo de la carencia de tenerlo todo.

Candela M.